Hoy en el puerto había un extraño silencio y por una vez no se escuchaban turistas sino el viento y los pájaros. A esa soledad le acompañaba una Luz púrpura y pasajera bañándolo todo.  Y no sé porqué me ha dado por recordar el día que nos conocimos, porque no se parecen en nada.

La primera vez que te vi fue en la Catedral. ¿Recuerdas?

Quien nos hubiese dicho que íbamos a establecer esta conexión. Porque mira que es rocambolesco que tú y yo estuviésemos donde estábamos y en las circunstancias que vivíamos y conectásemos así de fácil. Como si fuésemos dos almas que supieran de lo que hablan y se hubiesen reconocido al cabo de unos segundos.

Desde entonces no hemos dejado de hablarnos sin preocuparnos de los relojes o las distancias. Y compartido sueños, viajes, luciérnagas de nuestra niñez, libros, canciones, lugares, idiomas, amores, fracasos y temblores. ¿Sabes? Nunca te lo he dicho pero siempre he sospechado que llevas fósforos, criaturas mágicas, aviones y flores en los bolsillos. Y que sabes conjuros y bálsamos que están hechos de la materia de mis sueños, a mi medida. De la misma forma que me descubro sabiendo cómo calmar tus heridas.

Y cuando te siento triste al otro lado me muero por decirte “ven aquí, no pasa nada”. Abrazarte mientras te calmo y consigo que no importe otra cosa que la luz reflejándose en el mar cuando anochece. Y el murmullo del agua, el rubor de tus mejillas, la palma de tus manos, el sueño tranquilo por venir, los relámpagos, las ciudades en silencio, las personas que se quedan, las lecturas en voz baja, los desayunos en terrazas o en la cama. Ver campos infinitos en el fondo de tus ojos y reírnos porque no hay nada que lo impida.

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