De niña me encantaba sentir el delicioso vértigo al volar en el columpio. Me aferraba con las manitas a las cuerdas con la tranquilidad de saber que quien me daba impulso me quería y protegía. Nada mejor para aprender a Volar que saberse seguro al hacerlo.

Yo no podré darte eso. Ni tantas otras cosas. No podré llevarte sin prisa de la mano al parque, ni enseñarte a volar. Tampoco te explicaré mis cuentos improvisados en los que no faltan mapaches cosquilleros ni perros cazadores de árboles noruegos. No podré contagiarte mi entusiasmo por descubrir lugares nuevos ni mi fascinación por la Luz.

Te ahorras que te inocule mi debilidad por la literatura o que te cuente sobre lo que estoy escribiendo y la importancia de las palabras. No me oirás decirte que lo más importante en esta vida no es el alimento del ego, ni llevar siempre la razón, ni dejarte llevar por otro, ni decir que sí a todo ni decir que no en todas las situaciones. Que es difícil pero necesario aprender a conocerte muy bien, tratar de ser generoso, bueno, justo, creer, confiar, disculparse si haces daño, cuidarte y cuidar, quererte y amar.

Si aún cabes en el columpio, deberé recordarme que aún es pronto para hablarte de conceptos más complejos como la honestidad, la franqueza, la lealtad. Me tocará esperar para decirte que quiero que se seas libre para correr, decidir, emocionarte, llorar, decepcionarte, elegir, crear, inventar, jugar, enfadarte, creer, soñar, crecer, equivocarte. Que será útil que aprendas a poner límites (tanto a ti como a los demás) y a saber lo que necesitas para ser feliz y lo que no. Que puedas decir siempre: esto no es lo que quiero, necesito un abrazo, me siento triste, quiero hacer todas estas cosas, basta hasta aquí, esto me hace daño, esto me hace muy feliz, lo siento, me he equivocado, te perdono, te quiero.

Cuando seas mayor y digas te amo ojalá lo digas sin dudarlo. Que no sueñes con castillos ni príncipes o princesas azules, porque nadie es perfecto empezando por ti. Por favor, no construyas ni prometas nada sin cimientos. Y tampoco te creas todo ciegamente porque el mundo es un enorme concesionario lleno de vendedores y vendedoras de motos.

No renuncies al romanticismo ni a vivir el amor al máximo si te apetece pero no dejes que nadie gestione por ti tus emociones ni te manipule. Descubrirás que en el amor es cuando te sientes más capaz, más feliz, tan emocionado como en el columpio pero acompañado.

Y también tendré que hablarte de las renuncias. Y de esas ausencias crónicas, como la tuya hij@ mío, a las que una se habitúa sólo porque hay que sobrevivir. Emociones clandestinas que se clavan en las esquinas del alma, en el vacío de los sueños que nunca veré cumplirse.

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