– “Ya sabes que muchas de las historias que explico sobre la catedral son fábulas para guiris. Pero a ti te contaré una que es tan cierta que si la explico nadie me creerá.” – me encanta cuando sonríe así mi guía noruego favorito.

– “Mi padre era amigo íntimo del escultor Kristofer Leirdal.” -carraspea mientras nos detenemos frente a la catedral-  “Eran compadres y lo normal era verle en casa con mi padre charlando durante horas sobre arte, mujeres o política. Todo ello escuchando música y fumándose algún que otro porro.”

Arvid se recrea en su mundo antes de seguir con su relato.

– “Recuerdo cuando ganó el concurso para encargarse de la restauración de la Catedral de Nidaros. Todas estas gárgolas y figuras que ves acabaron siendo la gran obra de su carrera artística y lo que le haría ser nombrado Caballero de la Real Orden Noruega de San Olav. Pero mucho antes de ser un noble, él y mi padre celebraron el inicio de las obras con tanta euforia que se les fue la mano con la bebida y la marihuana y montaron un escándalo. Yo, que era adolescente aún, dormía en el piso de arriba y me despertaron sus gritos. Cuando bajé las escaleras, aún medio dormido, me encontré al metro noventa y cinco que era mi padre con el camisón de mi madre puesto y diciendo “no hay huevos, no hay huevos”… y al maestro Leirdal sosteniendo un disco de Dylan y muerto de risa.”

Sin dejar de observar hacia la Catedral, Arvid adopta un tono teatral y solemne para añadir “y así fue, querida amiga, como el gran escultor decidió que el rostro de la estatua del Arcángel Miguel que tienes frente a ti coronando la torre noroeste de la catedral milenaria de Nidaros tuviera la cara de Bob Dylan: doblado a porros, entre risas y con su mejor amigo travestido con el camisón de su difunta esposa en el salón de mi casa y conmigo como testigo.”

Ninguno de los dos sonreímos. Aguardo que continúe la historia mientras coloco la lente adecuada en la cámara para poder retratar la estatua.

– “¿Sabes, querida? Cada vez que leo en alguna parte la versión oficial diciendo que se trataba de un homenaje a Dylan por su oposición a la guerra de Vietnam, no puedo evitar preguntarme qué extraña relación tenían aquellos dos hombres adultos. Ni porqué veo en muchas de estas estatuas el rostro de mi padre.”

Arvid Dahl, a pesar de ser el mejor fabulador que he conocido, me parece esta vez sincero. Incluso diría que se ha emocionado, le siento frágil, como el anciano que ya es.

Intuye lo que pienso así que no me extraña que, cuando me acerco a él, se calce su armadura y empiece a contarme cuando “el bueno de Bob” actuó en Trondheim y acabaron juntos bebiendo JackDaniels frente a esta estatua.
Porque Bob, por supuesto, conoce esta historia.
Él sí.
Dylan lo sabe todo.


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