Nadie sabe cuántos años lleva eRRe siendo el Custodio de “El Cementerio de las Palabras que nunca llegaron”.

Le conocí una tarde en el Jardín Romántico del Ateneu mientras esperaba a la Colla de Cabrons más adorable de la ciudad. El cómo, el dónde y el cuándo llegué a intimar con eRRe y, sobretodo, la localización de su Sancta Sanctorum es algo que no puedo compartir.

-“No esperes encontrar aquí lápidas, ni flores, velas o piedras.” -me dijo al darme la bienvenida hace años.

Entonces no sabía que allí sólo se escucha el silencio hiriente que deja en la piel los deseos imposibles de miles de historias anónimas. Ahí están dándose entre sí consuelo o tortura, fonema a fonema, sílaba a sílaba sin importar el idioma.

Al principio venía sólo de visita, le observaba fascinada extender con respeto el cadáver de cada palabra, letra a letra. Hasta que un día eRRe me miró a los ojos y me dio el pésame con un apretón de manos. Aún había entre sus dedos la sangre de algunos anhelos que nunca me atreví a decir y que se me habían podrido en el alma.

-“No sé si tengo hoy el cuerpo para hacerte de cirujano”-me solía decir cuando iba a visitarle con el corazón emponzoñado.

Lleva años haciendo la vista gorda cuando me pongo a excavar con mis propias manos fosas clandestinas para los insultos que hubiesen reforzado mi autoestima contra quien me ha hecho daño.

-“¿No habías dejado de fumar?”.

Así me ha hecho entender hoy que me he pasado esparciendo las cenizas de algunos verbos en imperativo suplicante, esos que aún hoy me hacen aguantar la respiración en cada latido de mi corazón y de mi sexo.

Es su forma de decirme que me haga un favor. Que no lleve al cementerio todas mis palabras. Que deje que algunas lleguen. Quien sabe a dónde. De momento hasta ti que me acabas de leer por culpa del bueno de eRRe.

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