– “¿Qué  hay más terrible para una palabra -o una persona- que nadie las haya pronunciado dándoles así sentido?”.
Mi primer amor fue un escritor casi treinta años mayor que yo. Críptico. Inescrutable. Solía llamarme estudiantilla por mi edad -apenas tenía veinte años- y fogonera porque en la locomotora de nuestra relación mi tarea era encargarme que el maquinista tuviese siempre la caldera llena de carbón ardiente.
Fue él quien también me habló del cementerio de las palabras que nunca llegaron. El nombre me pareció delicioso y a la vez desolador, como casi todo lo relacionado con él. Me contó que todos los días llega un cortejo fúnebre invisible y recorre, silenciosamente, el recinto funerario. Como una romería se homenajea a los “te quiero” que nunca nos atrevimos a decir, los que no se llegaron a pronunciar ni para salvar el naufragio ni para provocar nuevas caricias.
Al parecer, es una tradición empezar por los te quiero para continuar lamentando los “vete a la mierda” y los “déjame en paz” que no asomaron jamás a nuestros labios. También se reza por el adverbio más poderoso y por las veces en que no nos lo concedimos a nosotros mismos: “sí”. Por esos verbos conjugados en imperativo suplicante que se escondían en cada nudo en la garganta:  “hazlo”, “espérame”, “ven”, “ámame”.
–  “Éste es un cementerio de palabras extraviadas dándose entre sí consuelo, fonema a fonema, sílaba a sílaba sin importar el idioma. Pequeña torre de Babel en ruinas, lo que pudo ser y no será. Sombras de las que pasar de largo a riesgo de morir de melancolía.”
No le reprocho a mi yo veinteañero haberse enamorado de aquel artesano de las palabras que fumaba Borkum Riff Cherry Cavendish. Ese olor aún consigue perturbarme cada vez que lo aspiro. Me trae el recuerdo de la acacia que bautizó con mi nombre, del estallido de un placer desconocido hasta entonces. Y me ha hecho reconocer en este anciano al hombre que dejé de amar hace 21 años. No le he dicho nada.
Él y yo tenemos una cita en el cementerio de las palabras que nunca llegaron.
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