Hotel Amaks, Perm. Rusia. Noviembre de 2008. Hoy les he conocido. Aún no puedo creerlo. Doy saltitos y no consigo quitarme ni la sonrisa de los labios ni las lágrimas de los ojos. Él está igual aunque es mucho más pragmático y ya está preparando la agenda de mañana para ir al consulado y tramitar la documentación necesaria para los pasaportes. Yo no puedo, no soy capaz de bajar de la nube. Tampoco quiero. ¡Al fin he podido abrazarles, olerles, tocarles, sentirles! Me va a costar darle orden a todas las emociones y situaciones que hemos vivido esta mañana pero no quiero perder ningún detalle, quiero conservarlos todos con esta intensidad que siento que aún me emborracha. ¿Cuántas veces me he sentido en un callejón sin salida, sin poner fechas en el calendario, sintiendo que el tiempo transcurre lenta e inútilmente? Ha valido la pena, sólo lo sabe Dios que sí. Durante el trayecto hasta el orfanato estaba en trance, observaba el paisaje nevado, los edificios grises y me preguntaba en qué bloque de estos suburbios habrían malvivido antes de que la policía rusa los encontrase atados a la cama desnutridos y llenos de quemaduras de cigarrillo. Al llegar, me he fijado que en las ventanas de los pisos superiores del orfanato se veían siluetas de niños. Decenas. No he podido evitar pensar si ahí estarían ellos y también en cuántas de esas criaturas seguirían siendo una sombra sin forma, sin abrazos, sin futuro, viendo la vida a través de un cristal. A las 8 ha aparecido la directora del centro y nos ha acompañado a una sala mientras iba a buscarles. Y ahí hemos estado como dos tontos, sosteniendo las bolsas cargadas de regalos. Qué eternos los quince minutos hasta que se ha abierto la puerta y han aparecido los cuatro: los tres pequeños han entrado como una estampida de pequeños búfalos rubios hacia Él. El mayor, en cambio, nos miraba desde la puerta, sosteniendo un peluche roto al que le faltaba una oreja, escondido tras las piernas de la Directora. Entonces, mientras le miraba a esos ojos azules ha sido cuando lo han dicho: “aquí están vuestros hijos”. Mi corazón ha dado un salto y he tenido la certeza que nunca volverá a ser el mismo. Ni mi vida tampoco.

Barcelona, Noviembre de 2056. Al volver del entierro, mi hermana pequeña, me tenía preparada una caja con mi nombre. La encontró en el altillo de casa de nuestros padres, una para cada uno. La letra de mamá, inconfundible, de profesora, una caligrafía preciosa. Acabo de quedarme a solas y la he abierto. Todo son objetos de cuando era pequeño: ropa, postales, trabajos escolares, mis pésimas notas. Así es mi madre, una diógenes sentimental. Y también mi punto firme, acogedor, siempre apoyándome, siempre animándome. Siempre está ahí pero sin invadir, es como el oxígeno: te rodea dándote vida y nunca te das cuenta hasta que te falta. No sé aún hablar en pasado de mi Guerrera pelirroja. Cuánto se me ha quedado por decirle. Nunca le hablé de mis pesadillas: esas en las que seguimos llorando los cuatro sin hacer ruido, muertos de miedo escondidos debajo de la cama. En las que como “Tú eres el más alto” sigo encaramándome al mármol de la cocina lleno de botellas vacías y colillas para alcanzar el azucarero y poder tener algo que llevarnos a la boca. Esas en las que sigo viendo por la ventana cómo los compañeros se van con sus padres y nadie va a querer llevarnos a los cuatro juntos. Nunca le dije que, cada vez que soñaba con esas cosas, su recuerdo de pie en la sala de juegos del orfanato el día que la conocí era un bálsamo. Su melena rizada y pelirroja. Mis hermanos abalanzándose sobre mi padre, atraídos por la video cámara. Y yo temiendo que supieran que había vuelto a hacerme pipí en la cama. Que no le gustasen mis cicatrices, que nos devolviesen.Tener que dejar a mi oso Sasha: el único atisbo de haber tenido verdadera infancia en Rusia. Por eso, cuando se acercó a mí y sin dejar de mirarme acarició suavemente donde faltaba la oreja de mi peluche sentí que estaba a salvo. Y de la forma irracional con la que piensa un huérfano cabeza de familia a los ocho años, podría abandonar mi responsabilidad y empezar a ser lo que era: un niño. Mamá me dio muchas cosas. Entre ellas ahora me regala, cuarenta años más tarde, un reencuentro con mi viejo amigo Sasha.

(Alla mia famiglia palermitana).

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