– “Bienvenida al Rompehoras” -te digo mientras abres los ojos.
Te he hecho cerrarlos y caminar el último tramo a ciegas. Me miras y me falta el aire. Ha llegado la hora.

– “Verás” -carraspeo- “este lugar tiene una historia muy especial. Aquí había una casa donde vivía una pareja. Unas versiones dicen que Ella venía de una familia riquísima pero que había renunciado para vivir con su amor. Otras cuentan que el rico heredero era Él. Sea como fuera el día que se instalaron traían cuatro cosas, entre ellas un reloj de pared como éste” -digo señalando a uno de ellos mientras intento calmarme- “y que llamó la atención de todo el vecindario. Desde aquel día a esta la llamaron la Casa del Reloj.”

Me tomas de la mano y paseamos entre los cientos de relojes abandonados. “Sigue” me dices.

-“Los hijos llegaron a la Casa del Reloj a la vez que la Guerra. A Él lo destinaron al frente y a su vuelta descubrió que los bombardeos le habían dejado sin familia. Desgarrado, unos cuentan que se disparó en la cabeza, otras versiones que le encontraron ahorcado. Pero todos coinciden en que dejó en el quicio de la puerta el precioso reloj, detenido, con una nota de despedida: “es un sacrilegio que el tiempo siga transcurriendo sin ti.”

Siento cómo me aprietas de la mano con más fuerza.

– “Los vecinos, conmovidos, fueron incapaces de retirar aquel reloj. La historia original se fue convirtiendo en otra cosa, en algo parecido a lo de poner candados en los puentes y tirar la llave. Nadie sabe quienes fueron los primeros en empezar a traer aquí relojes detenidos y notas de amor.”

Me sonríes. No sé si porqué sabes que todo eso me lo acabo de inventar o porque intuyes que no me atrevo a decirte que en este cementerio de relojes se acumulan las horas que he pasado y paso lejos de ti. Que soy yo quien cree que es un sacrilegio que el tiempo transcurra sin estar a tu lado. Que se amontonan ahí los segundos en los que no me atreví a ser valiente y los minutos en que callar que te amo me pareció una buena idea.

-“El Rompehoras… es un buen nombre para uno de tus relatos” -me dices.
-“O para un luchador de pressingcatch” -contesto mientras bendigo al humor que siempre me permite huir.

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