Adoro esta foto.  No puedo evitarlo. No sé qué tiene.

A fin de cuentas sólo es un atardecer más. Con una barca rota que ya no llevará a ninguna parte pero que te resistes a tirar porque ahí esperabas salir de pesca con esos hijos que nunca llegaron. No se ve, pero también está el travesaño roto del embarcadero. Ese que nunca reparas porque aquellos maderos los colocaste con tu padre siendo niño y ahora te dolería su ausencia en cada martillazo.

El refugio que heredaste en el lago siempre me ha parecido discreto, precioso y triste. Tal vez porque lo contemplas recordando el futuro que imaginaste para esta casa en medio de la nada. Y porque, de alguna forma, aquí aún se respira la presencia de aquella mujer que te esperaba en el porche viendo cómo vuestro perro correteaba a toda velocidad al verte llegar.

No sueles hablarme de Else y me toca imaginarla encajando las pequeñas piezas del puzzle que encuentro. La observo en la foto del salón, separando un mechón y dejando ver su pequeña cicatriz en el pómulo. La que se hizo cuando tropezó mientras la hacías reír el día que empezasteis a salir. La misma de la que siempre presumió: esta herida lleva conmigo el mismo tiempo que tú. La imagino en esta casa, con su corazón viajero de esos que a veces se escapan por el campo, o en la ducha, de pura felicidad. Sé que fue feliz aquí.

– “Tenía un genio que no controlaba del todo, como el tuyo.” -me dijiste una vez.

Ha sido de las pocas veces que te he visto sonreír al nombrarla. Te imagino corriendo tras ella por las escaleras que llevan a la habitación. Siguiendo sus pasos. Diciéndole que la quieres. Recordando las cenas con los amigos, los aviones que ibais a coger, lo pesado que era vuestro perro.

-“Cuando murió pensé vender esto, pero no he sido capaz” -te oigo como si hablases desde muy lejos.

Yo creo que algo dentro de ti siente que Else sólo salió de la ducha y bajó al embarcadero para sentir el sol rozándole las mejillas, y sigue esperándote en algún lugar de la casa oliendo a tierra y a jabón.

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