Erebor, la montaña solitaria.

Así la llamó Tolkien. En mi Atlas esta es la montaña de las soledades, donde se elevan altares a los hombres y las mujeres que pueblan mi galería de soledades robadas.Es el sancta sanctorum donde recordar con oraciones inexistentes y agramaticales las ausencias de toda índole que habitan en las historias que nunca escribiré. La soledad de los amores imposibles, la de las promesas hechas cuando un adverbio dura apenas 21 días, la que provoca inhalar en el frasco de su perfume el aroma de sus ausencias, la de las palabras no dichas, las esperas insomnes, los viajes inciertos y las esperanzas necesarias.

La naturaleza carente de compañía de las rocas, erosionándose inclementes y sin testigos. La belleza desoladora y los espacios abiertos donde conjurar abismos y encontrar sitio y fuerza. La melancolía de la entrega, la de la generosidad valiente que se desvanece como el polvo de las rocas desgastadas y renace como el hígado de Prometeo. Erebor. La soledad de las llamadas que no llegan, la de los saltos al vacío, la de los ciegos cruzando semáforos en rojo y los sordos desoyendo al sentido común.
– “Erebor…”- susurré sin darme cuenta.
A mi lado, un malagueño saleroso, ajeno a mis cuestiones metafísicas masculló:
-“Niña, ¿a quién dices que le falta un hervor?”.
-“A mí, sin duda” – dije esbozando la sonrisa con la que se hacen quiebres de cintura.-” A mí”.

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