“No es nada, tranquila.” -me dices-” es sólo un poco de flato”.

Me alejo dejándote un poco de intimidad para que llores tu flato. Sé que hoy hace un año de aquel último abrazo. Recuerdo que no fuisteis capaces de miraros a los ojos. 365 días desde su portazo al salir mientras te lavabas los dientes y pensabas que esa tarde, cuando volvieses del trabajo, Ella no estaría. Que no habría más whatsapp a media tarde diciendo “te quiero, ¿a qué hora vuelves?”.

Supiste, como se saben sólo algunas cosas irracionales, que al cerrar la puerta para irte al despacho quedarían en el rellano del edificio vuestras bromas, proyectos, hijos imaginarios, discusiones, besos, metidas de mano, miedos y el “buenas noches, te quiero” de cada noche.

Saliste de casa y te acordaste de todo. De su adorable gesto de concentración al leer. De su olor. De tu ritual de colocar las gafas junto a las suyas para que también durmieran juntas y se contaran lo que habían visto. El sabor de su boca, tu sabor en la suya. La primera vez que os desnudasteis. Tú llamándole desde la ducha para que te acercara una toalla y aquellos “ya que has venido pasa que te cuento una historia al oído”.

Sus “si me dejas me muero” y los “tú has llegado a mi vida para quedarte” se perdieron junto a la colección de adverbios que resultaron ser sólo lo eso: flato.

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