Conocí a un hombre que cada mañana iba (a la misma hora de la mañana) al mismo punto de la playa.
Los 365 días.

Tenía unos 80 años cuando nos conocimos y era (¿es?) un actor retirado. Con los años y a base de castings y rodajes ganamos una relativa confianza, hasta el punto que me atreví a preguntarle porqué iba cada día a ese punto concreto (yo creía que por ejercicio, un punto de yoga, algo así).

Me miró a los ojos y me dijo que en 1938 fue ahí, una mañana en plena guerra, donde vio por última vez a su madre y a sus hermanas. Durante los primeros años iba a diario con la esperanza infantil de reencontrarlas. Después esa peregrinación frente al mar se hizo densa, un homenaje con una esperanza casi perdida, el minuto del día dedicado sólo a ellas en la vorágine de su rutina de las que no formaban ni formarían jamás parte.

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