Durante una semana había dudado si llamarla. Se habían conocido en un bar de copas, compartido una noche llena de sonrisas que acabó en besos y una servilleta con un número escrito junto a un nombre: Esperanza. Cada vez que Él había fantaseado con llamarla los matices de un futuro encuentro habían adquirido más fuerza hasta hacerle sentir un adolescente hiper hormonado. Aquella noche por fin se decidió a marcar su número. Tal vez era el alcohol, la primavera, el recuerdo de su olor, su voz femenina diciendo que le encantaba su tartamudez o todo eso junto. ¿Sería capaz de decir algo coherente? Aguantó la respiración hasta que una voz aséptica le informó que “El número marcado no existe”.

– “¡Maldita Esperanza!” – bramó sin atrancarse en una sola sílaba.

Al otro lado de la ciudad, ajena a todo, Ella y su dislexia soñaban con recibir la llamada del chico de las palabras entrecortadas.

error: Alerta: Contenido protegido. Si necesita algún texto o fotografía contacte con www.emiliagalindo.com