Sólo llovió durante unos minutos esa tarde.
Todo estaba programado para que aquella gota de agua cayera sobre su pestaña izquierda mientras paseaba, le hiciera detenerse unos segundos, cruzárselo de frente y que la vida de ambos cambiase para siempre. Pero el Destino no había contado con que ella fuese mujer prevenida: la flecha líquida disparada por los dioses se precipitó contra el plástico aséptico del paraguas, abierto fatalmente para que ninguno de los dos supiera que aquel día debía ser el primero del resto de sus vidas.

Esperanza no se detuvo a secarse la lágrima de lluvia, él no le sonrió con la complicidad del reencuentro. Ambos, eso si, se preguntaron a lo largo de ese día lo que hacia ya semanas que les torturaba; porqué su Esperanza de besos y complicidades se había convertido en un número falso e inexistente. Y porqué aquel hombre en cuya mirada tartamuda había confiado no había llamado nunca. Evaporado su rastro del paraguas, la gota de lluvia reemprendió su vuelo gaseoso en busca de una nueva misión tal vez más exitosa. Al fin y al cabo dicen que a todos les sienta bien que lluevan pequeños milagros

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