Decidí que viajaría a Trondheim un mediodía de la primavera de 2016. Estaba en el trabajo cuando vi un anuncio en internet que me llevó a la web de Norwegian y me puse a jugar con fechas y destinos. Así fue como encontré una oferta de vuelo por 29 € el trayecto.

Después de comprar los billetes de avión (diciéndome a mi misma que si unos meses después no podía ir sólo perdía 60 €) tecleé la palabra Trondheim en google. Ante mí apareció una foto de un atardecer y un río. Y al verlo sentí un escalofrío como pocas otras veces me ha pasado. No quise saber nada más sobre aquella ciudad y decidí que aquel, por primera vez, sería un viaje a ciegas. No habría preparativos, sesudos planes ni inmersión en la historia, monumentos o tradiciones locales. No tendría más relación con Trondheim que el vuelo y el hotel que un buscador me recomendó como céntrico.

Descargué aquella foto del cielo noruego y me la puse como fondo de escritorio en el ordenador del trabajo. Aquel reflejo en el río, el campanario a contraluz y la catedral de Nidaros fueron mi Norte durante unos meses.

La tarde antes de aquel viaje a Noruega hubo en casa una tormenta de gritos, golpes, odio y un portazo. Y aquel silencio que aún no supe interpretar como la banda sonora que dejan las personas que deciden salir de tu vida por la puerta de atrás.

Volé a Trondheim pensando en los años de relación y confianza que habían acabado hechos añicos el día anterior. Llegué al atardecer, agotada y sin ganas de otra cosa que esconderme en la habitación y sólo salir a los alrededores del hotel para fumarme el cartón de Camel que me había comprado en el Duty Free. La ciudad me pareció inhóspita y triste, muy triste. Aunque quizás era yo quien me sentía así.

La mañana siguiente era Domingo 28 de Agosto. Apenas había dormido esa noche, me la había pasado observando desde la ventana de la habitación del hotel la catedral que, a estas alturas, me resultaba entrañablemente familiar.

Ahora que estaba allí y a medida que me acercaba al edificio me sentía extrañamente emocionada. Entré a la Catedral por la pequeña puerta lateral y descubrí que estaban oficiando la misa dominical. Un coro cantaba en noruego, la iglesia estaba llena de fieles que escuchaban, como yo, aquella canción religiosa. Sólo que ellos entendían qué decía y yo “sólo” la sentía. Y lo hacía en mayúsculas, como si la acústica perfecta, la Luz, la nave central, el rosetón gótico iluminado y las velas fuesen una caja de resonancia inmensa para mis emociones.

Fue entonces cuando, al fin, dejé ir la tristeza que llevaba dentro y la inmensa congoja que suponía la ruptura con una parte de mi vida. Y no pude dejar de llorar. Lloré al reconocer la liturgia de la comunión aunque fuese en Noruego. Lloré viendo como acudían a la eucaristía. Lloré cuando a mi lado unos desconocidos me “dieron la paz” y lloré cuando el coro volvió a cantar otro tema que sólo fui capaz de sentir.

Después de aquel sobrecogimiento intenso sentí una inexplicable gratitud al no haber vivido del todo aquella catarsis en soledad. Al parecer en algún lugar se había escrito que tenía que derrumbarme emocionalmente a miles de kilómetros de casa, rodeada de desconocidos, en una milenaria catedral con un coro cantando en lo que a mi me parecía élfico.

Poco antes de acabar el servicio religioso me alejé del altar mayor para sentarme en una de las pequeñas capillas laterales. Y ahí recé. Sí. Yo recé. Recé como no lo hacía en años. Por los míos. Pero por una vez también por mí.

Sólo entonces reparé que, a unas sillas de distancia de donde yo me sumía en mis oraciones, había un hombre sentado con la cabeza agachada que también parecía rezar. O llorar. O quizás ambas cosas. Saqué el móvil y le hice una foto, una de los cientos de robados pero esta vez la hice con la sensación irracional de no estar haciendo nada malo: al contrario. Allí, frente a un Cristo con los brazos abiertos, capturé a ese desconocido cuyo rostro no vi y que estaba tan solo como sólo se puede estar ante Dios.

Minutos después, acabada la misa y ya en el exterior de la catedral, volví a encontrarle. Le reconocí por su jersey gris. Esta vez sí nos miramos e incomprensiblemente fue como si nos reconociéramos como los llorones de la capilla del Cristo de las Dos Sombras.

Y sólo entonces, mientras aquel desconocido me sonreía mirándome a los ojos, me di cuenta que estaba hablando en castellano a un puñado de turistas que nos rodeaban:

– “Buenos días, mi nombre es Arvid y seré vuestro guía.”-dijo sin apartar su sonrisa de mi-“Y tengo la intuición que jamás olvidaréis vuestra primera visita a la Catedral de Nidaros”.

(Crédito de la foto central usada en el banner de cabecera de esta entrada: Aziz Nasuti. Las fotos de los laterales están publicadas con el permiso de la persona que aparece, Arvid Dahl, y se tomaron en la catedral de Nidaros el 28/8/16 )

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