El ratoncito de biblioteca miope que aprendió siciliano con Camilleri se encontró frente a él en un callejón del Raval. Allí estaba con su inconfundible pitillo y su coppola, con sus 88 años de sabiduría ajenos todos ellos a la cantidad de horas que sus creaciones habían acompañado la vida de aquella mujer que tenía frente a él.
Se miraron, él de vuelta de casi todo, con la lucidez afilada. Ella armada con una cámara para combatir la sensación de ser una groupie literaria más torpe que Catarella. Aún no había mucha gente así que, con timidez, se acercó y le dijo grazie con todo su honesto acento palermitano. Intercambiaron algunas palabras sobre Sicilia y literatura, sobre la conferencia que acababa de pronunciar, cargada de sentido del humor, de trinacria en estado puro. Junto a ella, 36 libros que ya no pretendía que le firmara:
– “Éste es el peso de tus palabras, maestro” -le dijo sopesando el peso de la mochila.
– “Espero que el peso que haya dejado en ti haya sido mucho mayor que ese”- sonrió dándole una calada profunda a su cigarrillo- “además, la cultura no pesa especialmente si eres capaz de crearla y compartirla”.

Mientras ella sucumbía a la tentación de hacerse una foto con su admirado Andrea, el padre de Montalbano añadió con su voz profunda un último mensaje:

-“Escribe, cara mia, hasta las últimas consecuencias.”

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