Siempre me he preguntado a dónde van a parar esos sueños que soñamos y luego olvidamos. En mi imaginario los veo como pequeñas Atlántidas, geografías sumergidas y extraviadas que no visitaremos nunca más.

De joven me gustaba esa idea. Ser capaces de soñar escenarios, personajes, vivencias de las que nunca seremos conscientes. Y encontraba así una explicación a los dejà vu: retazos de sueños, personas y momentos que hemos creado y no recordamos al despertar… que se quedan “allí”.

Allí.

Allí tenemos otras casas, otras parejas, otras vidas a las que no volvemos. No tenemos kilos de más. Ejercemos profesiones que ni nos atrevemos a confesar que son nuestra vocación. Tal vez “allí” es donde nos espera esa felicidad que nos es esquiva en esta realidad. Quizás “allí” podemos volar, el tiempo no pasa y tú nunca te casaste con nadie que no fuera yo. Así empecé a añorar las vidas que no supe que vivía junto a ti venciendo la distancia, la melancolía y la angustia.

Detengo mi paseo nocturno para seguir divagando sentado en nuestro banco.

Me pregunto qué estarás haciendo Tú mientras te escribo. Ahora mismo.

A estas horas probablemente ya estarás en la cama. Intento imaginar qué posición tienes, si duermes o si por alguna casualidad remota (o mágica) te has desvelado sintiendo que mi alma y mis palabras te invocan. O estás creando universos que mañana serán una nueva Atlántida, sumergida en el océano de esta realidad que vivimos.

Tengo síndrome de abstinencia de tu risa, de tu piel, de tus abrazos. Mi cuello se siente huérfano de tus besos. De tu mirada. De tus labios. De tus caricias. No tengo respuesta que dar a mis manos cuando me reclaman volver a sentir tu contacto, tu textura, tu sabor. Te escribo en esta noche de insomnio porque me cuesta respirar si no estoy contigo. Porque se me enredan en un nudo alrededor de la garganta los besos que no nos hemos dado, las caricias que no he sembrado (aún) por tu geografía adorada.

Tengo sed de ti y mi única agua es escribirte. Me niego a que tanto amor se desvanezca sin que quede registro de mis palabras más allá de los travesaños de este banco. Así que, suéñame, amor.

Y mañana susúrrame a las ojeras que Tú y Yo somos.

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