Al abrir los ojos, la bella durmiente Aurora deseó volver a dormir otros cien años: seguro que el príncipe de Cenicienta no tenía halitosis… así que con una agilidad mental impropia de quien ha dormido un siglo, miró a los ojos del hombre que acababa de despertarla con un beso de tornillo, buscó entre sus registros más poligoneros el tono de voz adecuado y le dijo:
-“¿Tu de qué vas neng?”.

El príncipe sonrió aliviado y se dijo que la realeza estaba pasada de moda, que él era republicano convencido y además este año no faltaría al desfile del orgullo gay. Estaba cansado de ir besando a rubias de bote con historias atormentadas (hechizos, envenenamientos, madrastras pérfidas a las que convertir en suegra) y ya tocaba salir del armario y darse un homenaje.

Aurora, a su vez, volvió a fingir un sueño profundo a la espera que alguien más atractivo le diera un beso para despertarse. Mientras lo hacía pensaba que le tocaba depilarse si no quería pasar cierta vergüenza cuando de los besos pasara la cosa a mayores.

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