Quiero poder plantar mi trípode y sólo preocuparme por el encuadre, la alquimia de los números y ese baile delicioso entre mis córneas y la luz derramándose en colores.

Quiero ahorrarme los “hola guapa”, los “hazme a mí la foto, nena”, los “menuda cámara” y los “mmm mira cómo agarra el objetivo”. No necesito los “puta malfollada”, “total ni muerto te la metía” y mucho menos los “te dejaba yo en el rompeolas flotando.”

No quiero pasear cabizbaja por la playa a las seis y media de la tarde simulando una llamada telefónica. No quiero que nadie me siga durante un interminable y eterno minuto y medio con una bicicleta por la playa de San Sebastià jadeándome lo solita y cargadita que iba.

Tampoco me vale el “es que ya te vale ir sola por ahí estando oscuro.” Es mi ciudad. Soy una persona adulta. No quiero interiorizar que está bien y es normal tener miedo. No quiero seguir pensando en cuánto tardaría en empuñar el trípode y asestar un golpe a un agresor. Ni tener el 112 marcado en el móvil. No quiero normalizar que a las mujeres nos maten por ir solas. No quiero mirar con desconfianza a los hombres con los que me cruzo.

No debería tener miedo por pasear en la playa de mi ciudad un lunes a las seis y media de la tarde. No debería tener miedo por llevar una cámara de fotos y una mochila con objetivos. No debería tener miedo a salir por mi barrio con la sombra de cuatro violaciones en la esquina de mi casa. No debería tener miedo por ir sola. Punto.

Pero lo tengo. Sin embargo no pienso dejar de ser yo. Ni renunciar a atardeceres como estos. Quizás por eso hoy hablo, cansada de silenciar los micromachismos que me rodean como mujer; ni los acosos, la mezquindad, el Mal. Tal vez no sepa cómo combatirlo pero no pienso callar más. La ley del silencio no funciona conmigo.  Ya no. 

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