En el pueblo conocían aquel mirador como la Roca de los Desesperanzados.

El alcalde había hecho colocar allí una fría lápida con el decálogo de “las cosas que me hacen feliz” para reducir el número de suicidios que se producían. El efecto había sido el contrario porque, con frecuencia, quien veía aquella lista sólo reforzaba su desdicha y acababa por recordar los motivos que le habían llevado a precipitarse al abismo.

Nunca se supo quien había iniciado la tradición de anotar junto a aquella lista frases de despedida. Palabra a palabra el mirador se había poblado del eco de aquellos cuyo ánimo les presentaba como imposible lo que deseaban. Ella acarició con los dedos una de esas frases: “Tú sólo tienes que decirme salta que yo te diré qué tan alto”.

Lealtad, confianza y amor sin fisuras. Incondicional. Ahora que había llegado hasta allí sólo quedaba aguardar a lo que aspiran quienes no tienen esperanza: lo imprevisible, la disolución de la búsqueda de la luz. La nada. El fundido en negro. Mientras miraba a un horizonte sin tornillos la vio a lo lejos y se oscurecieron los pedazos de su corazón hinchado que aún latían por inercia.

Allí estaba: su soledad. Agarró un bolígrafo y añadió con determinación y una lágrima imposible su frase de despedida: “Tú has llegado a mi vida para quedarte”.

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