La niña del pelo rubio tiene una mirada cargada de una especie de nostalgia crónica. Observa todo de forma silenciosa y melancólica.

-“Parece una adulta.” – han comentado más de una vez los profesores.

A muchos les parece tan responsable y organizada que a veces se les olvida que es una niña. No grita, no corre por los pasillos, siempre recoge sus cosas, cuelga la bata en el perchero y no se cuela en la fila delante de otras personas. Es paciente. Tranquila.

-“Esta cría sí que es buena.” -piensa cada mañana al verla el bedel del colegio.

Más allá de su pelo largo y su piel pálida nadie puede ver su corazón lleno de descosidos. Nadie le presta atención cuando a veces parece triste y se queda mirando algo fijamente unos minutos, como si no hubiese ruido ni voces de otros niños. Como si pudiera ver las cicatrices de la plaza. Como si entendiera esas heridas con la sabiduría de quien las sufre.

A su alrededor las otras niñas juegan, cantan y bailan. Ella las observa en silencio sentada junto a ellas. Tan cerca pero emocionalmente tan lejos. La niña de la mirada rubia y el pelo triste está en su pequeño paraíso. En ese universo donde no hay lugar para “esto no se lo puedes contar a nadie”, ni tampoco tiembla al oír los pasos por el pasillo a oscuras, ni se le queda pegado a la piel ese olor a sudor ajeno.

No. En su mundo los monstruos, los fantasmas, la sangre, el dolor y las brujas no existen. Pero las princesas sí.

Esa es su verdad. Su refugio. Su conjuro.

“Sí, las princesas existen”- piensa. Pero no llevan coronas ni vestidos ni tienen poderes como en las películas y los cuentos. No. Las princesas visten como si fueran normales. Y viven en casas como las de todo el mundo. Y nadie sabe que son princesas. Sólo ellas. Ellas sí lo saben desde siempre.

Porque hay cosas que sencillamente “son” y “se saben” sin más.

(Foto III de la Serie en Blanco y Negro: “Nens a Sant Felip Neri” 2016-2021)

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