Recuerdo que me llamaste Loca. No, no fue un apelativo cariñoso. Escogiste tu mirada de desprecio más afilada y me escupiste a bocajarro aquel “estás loca” que sabía a miseria atávica. No me importó demasiado que me calificaras así. Sentí que era un recurso manido, una justificación comodín, la que esconde el mensaje que todas las mujeres estamos locas. Que somos inestables bombas de hormonas. Que nos resquebrajamos fácilmente. Que somos una Penélope de Serrat en potencia, esperando lo imposible sentadas en un banco de la estación, meneando el abanico. Clichés sacados del manual más rancio de Freud sobre la histeria femenina. Si hubieses vuelto esa noche probablemente me hubieses dicho que me ibas a quitar la tontería a polvos. En lugar de eso, saliste de mi vida dando un portazo.

En los meses siguientes a tu abandono, guiños del destino o tal vez me fijaba más en ellas, me crucé por la calle con unas cuantas mujeres extraviadas en su propio naufragio. O si lo prefieres (o entiendes mejor) me he cruzado con unas cuantas locas. A algunas sólo me he atrevido a mirarles a los ojos fugazmente. De todas ellas he aprendido algo. En todas ellas me reconozco. La primera tenía el cabello blanco y parecía una turista perdida. Me detuvo apenas el tiempo justo para decirme:

– “Tú vas a ir a Australia”.

Aún siento un escalofrío al recordar su convicción al pronunciar aquellas palabras y la fuerza de su mirada de Sibila antes de alejarse. Días después otra desconocida, esta vez debía tener mi edad, se me acercó mientras esperábamos el semáforo de peatones y con un inquietante tono inexpresivo y monocorde me dijo :

– “Te voy a hacer el amor hasta hacerte daño”.
Su mirada de replicante de Blade Runner esperando mi reacción no dejaba margen a dudas.

Ésta otra mujer me pilló con la cámara lista y mi habitual desvergüenza quirúrgica a la hora de robar soledades. La vi de lejos y me heló la sangre. Caminaba hacia mí a contraluz y con la mirada despeinada de quien hace años que ha olvidado lo que es dormir. Disparé esta foto apenas segundos antes de que me agarrase del hombro y me susurrase:
– “Si lo encuentras júrame que vendrás a contármelo”.

Como toda loca sabia, comprendí y asentí.

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