No sabría decir cuándo fue la última vez que vi una luciérnaga. Hoy me he dado cuenta que las tengo asociadas a mi niñez. De pequeña, durante las noches de verano, solía verlas cuando jugábamos en la casa de Montserrat. Allí estaban ellas compartiendo espacio con mis hermanos, mis primos y los gambusinos que eran los habitantes de mis solitarias lunas infantiles alejada de la vista de los adultos.

Recuerdo que les preguntaba cosas. También lo hacía a los caracoles. Porque aunque eran lentos, frágiles y babosos a mí me caían simpáticos aquellos bichos. Yo me sentía cercana a ellos: adoraba salir con el fresco que llega tras la lluvia. Por eso me sentía mal cuando sin querer (o queriendo) chafaba sus frágiles caparazones. Aquel sonido inconfundible a ruptura me ha acompañado desde entonces, como también que aprendí las palabras hermafrodita y espiral gracias a ellos.

De las luciérnagas no aprendí nada para mi vida adulta, me temo. Aún así las buscaba en las jardineras de toda la casa y observaba embelesada la sutileza de su luz. A ellas no las mataba (ni queriendo ni sin querer) porque quizás ya intuía que las Hadas brillan en la oscuridad y tan sólo se pueden ver cuando eres pequeña.

En aquellos años uno sabe esas cosas. Y por qué flotan los aviones y las nubes o porqué el espacio nunca se acaba. Luego olvidas esa sabiduría, poco a poco, a la vez que interiorizas cosas absurdas como las tablas de multiplicar. Y llenas tu mente de respuestas a cuánto son cuatro por cuatro y desaparece lo mucho que te gustó aquel día tocar la oscuridad y descubrir que su textura no duele ni asusta.

No sé en qué momento dejé de ver luciérnagas. Ni tampoco cuándo perdí aquella inocencia. Pero algo en mí aún sonríe y se agita con algunas bombillas y algunas personas.

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