Solía ser tan fácil que te pusieras en mis zapatos, que supieras discernir naturalmente entre lo que me hace daño y lo que no del calzado que llevase puesto.

Solíamos reír, como tontos, como los niños que siempre buscaron el triciclo y se contentaron con aprender a caminar bajo la lluvia borrachos de ozono y de vida.

Solía ser espontáneo y libre planificar, crear metalenguajes, códigos, pentaprismadas.

Solía ser ley no escrita que nos tratásemos bien. Que compartirse fuese un verbo atemporal, fuerte, constructivo.

Solía ser feliz con sólo verte y escucharte, consciente que mi hielo no existía y que yo era yo misma sin tener que reclamar nada o que me empujaras a hacerlo. Sentir que me necesitabas y me tenías.

Solía ser tu cómplice y tú el mío. Y el amor no era un rescate sino el Norte de la búsqueda inútil de una luz que en realidad ya poseíamos a raudales.

Solía despertarme y la certeza de tu existencia me llenaba de calma y de furia en mi sangre.

Solía tener una sonrisa lobuna exactamente igual que la tuya y no sólo en la filosofía precoital.

Solían ser sinónimos sentir y pensar aunque el anarquismo emocional nos empujase a no hacer otra cosa que vivirnos.

Solíamos ser felices y nos contagiábamos la enorme travesura de estar juntos y en pie. Me señalabas al Norte y mi mirada no se apartaba de tu culo soberano hasta enrojecer tus mejillas.

Ahora ya sólo siento que queda el recuerdo agradecido y una inmensa nostalgia que se diluye en mi sangre al mirar esta ciudad bajo la luna e intentar hacer la foto nocturna que, como tantas otras cosas, nunca hicimos.

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