Un día de estos le diré algo. Aún no sé cuál será mi primera palabra ni tampoco cuál será el mejor momento; es más, no sé si hay un buen momento para estas cosas.

Con los años hemos acabado convirtiendo en algo natural esa manía suya de contarme cosas mientras prepara, imagina, compone o me dispara. Una parte de ella, eso sí, aún sigue siendo consciente que no deja de ser una cuarentona hablándole a una máquina o, lo que es peor, hablando sola. Por eso suele ponerse los auriculares del móvil para que parezca que habla por teléfono con alguien. En el fondo me da ternurita.

Esta loca le ha contado tantas cosas a esta vieja cámara que podría escribir suculentos capítulos de su biografía. Conozco, como si fuera una de sus amantes, algunos de sus tics y rituales más íntimos. Sus pulsiones y sus pasiones. Qué le gusta, cómo le gusta. Y por supuesto qué pasa por su mente cuando se tira al suelo y adopta posiciones extrañas en busca de algo que ha intuido ser capaz de capturar.

Conozco el sabor lúbrico de esos “venga nena” (no sé si dirigidos a mí o a ella misma), los jadeantes “sí, sí” que le enrojecería escuchar fuera de ese contexto. Y por supuesto el temblor en sus manos cuando me sostiene y revisa, aguantando la respiración, la foto aún ardiente que acabamos de disparar.

Sí, en plural. Acabamos. Ella y yo.

Llega un momento en que siento que somos una sola cosa, que me ha convertido en un apéndice suyo, que soy sus batallas perdidas contra la córnea, su corazón coraza. Quizás por eso le dejo equivocarse y acertar cuando me recorre (sin saber bien qué coño está haciendo en la mayoría de ocasiones) persiguiendo ese sueño suyo de capturar la épica de lo cotidiano.

Y a veces, en esos intentos, consigue atrapar algo que ni ella sabía que buscaba: la Belleza.

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