Cuando era pequeño admiraba a mi vecino más que a los Reyes Magos. Y es que desde mi primera cabalgata me había acostumbrado a ver cómo sus Majestades de Oriente se inclinaban ante él y le abrazaban con afecto. En mi imaginario infantil, nuestro vecino era el Jefazo de los Reyes Magos. No había mayor ni mejor trabajo que ese. Puede que para el resto de ciudadanos ser alcalde tuviese menos glamour, pero a mí me fascinaba que viniera a casa a comer.

Recuerdo que Don Enrique murió en domingo. Lo vimos salir en en una camilla el miércoles, dice la crónica oficial que después de sufrir una caída en el cuarto de baño de su casa. Aunque luego escuché a mi padre decir que había sido el tratamiento para el cáncer de colon y no la caída lo que le había matado. Escondido detrás del delantal de mi madre la escuché hablar con su mujer.

– “Mi Enrique se me va” -se despidió doña Encarna entre lágrimas antes de ir hacia la ambulancia que les llevaría a la Clínica Ruber.

El estado de Tierno Galván se fue agravando hasta entrar en coma profundo. Sus constantes vitales fueron mermando sin que los médicos pudieran hacer nada, por expreso deseo del enfermo. Mi madre contaba que le había oído decir que no quería ni sueros ni tubos, que él no iba a morir como Franco.

Aquella noche mientras Madrid se quedaba sin su alcalde y mi vecina perdía al amor de su vida yo caí enfermo. Dicen que pasé una semana en la cama con fiebre, delirando y llamando a gritos a Don Enrique, pidiéndole que no se fuera. Yo no lo recuerdo, pero sí que cuando me puse bueno vino a verme doña Encarna.

– “Siempre que pasees por Madrid abre bien los ojos del corazón y le verás en todas partes de esta ciudad.”
-“¿De verdad?” -le pregunté asombrado.
-“De la buena, nunca te mentiría en algo así” -sonrió doña Encarna.

Treinta años he tardado en cruzarme a Don Enrique por las calles de Madrid. Y en reconciliarme con la sabiduría de aquella mujer de mirada bondadosa y alma rota.

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