Aún sigo encontrándote en casi cada esquina de esta ciudad. Me topo contigo en este acento que es y será siempre el tuyo aunque venga de otras voces. Entorno los ojos y nos veo; éramos tan jóvenes y estábamos tan llenos de sueños. Te recuerdo prometiéndome que ganarías el premio Planeta. Y a mí adorando tu ingenio, tus gestos, tu inteligencia. Todo parecía entonces tan posible que nada malo podía pasar. Todo era nuevo. Todo estaba por escribir.

Un día el mar, mi mar, se convirtió en la personificación del espanto y la miseria. Un ladrón egoista. Y yo fui cobarde. No me atreví a volver a tu ciudad para enterrarte. Dolía demasiado despedirme de ti. Y me quedé en la cuneta de aquel viaje que no hice. Ya no he podido y sabido regresar. Desde entonces Madrid  (o lo que significa para mí) está anclada en una edad de hierro en la que camino a tientas, siempre buscándote, siempre añorando hablar contigo.

Ya ves, pasan los años y sigo sin saber despedirme de ti. Y a estas alturas ya no voy a aprender. Es de las pocas certezas que tengo claras, como que el Metro de Madrid va al revés y que seguiré queriéndote el resto de mi vida.

 

(A Nacho. Siempre). Madrid 27 de Marzo de 2017

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