Doña Amalia se acaricia las manos como si le doliera algo más que las articulaciones. Tal vez anhela sentir otra vez el contacto de aquellas manos y no otras, porque todas las demás le sobran.

Sí, hoy he vuelto a visitar a la Señora Amalia. Cuando era niña, en el 4º1º vivía ella y doña Elvira. Esas dos mujeres se quisieron como lo hacen las personas muy sabias o muy auténticas, amándose sin condiciones. Porque sí. Porque no podrían no hacerlo. Se quisieron en confianza, con afecto de carne y alma.

Las empecé a admirar hace muchos años. Si el mundo fuese justo deberían haber escrito sobre ellas. Pero les tocó vivir su historia en el interior de una de esas bolas que se agitan y hay nieve. Aún así, su Amor era del que arroja luz por todas partes, del generoso, del que entiende por sí solo de fidelidad, entrega y ternura.

Doña Elvira murió hace unos años. Mi madre me contó que a la Sra Amalia le habían diagnosticado demencia y que mejor, porque así no echaría de menos a Elvira. Como (casi) siempre mamá tiene razón. Porque cuando el amor es del bueno, del que no ata, ni presiona, ni hiere ni extingue, no es tan fácil sobrevivir una pérdida. Y tal vez sea mejor no sentir su vacío en todas partes: en la cocina tarareando, en la cama haciéndole cosquillas en el pelo o en el sofá acurrucadas bajo la misma manta.

La señora Amalia me observa con esa mirada entre la inocencia de los niños y la incertidumbre. Hoy me parece más vulnerable y más entrañable que nunca. Me ha sonreído, con melancolía, y aunque no recuerda muy bien las cosas, algunas cosas, me ha llamado por mi nombre.

Hay momentos en que su mirada se ilumina brevemente, con un destello apenas perceptible: su expresión cambia, gira la cabeza hacia la puerta, como si creyese que ella está subiendo las escaleras, canturreando algo bonito. Quizás Elvira no se ha ido realmente, porque hay personas que saben quedarse para siempre. Es muy posible que ninguna de las dos se haya marchado, que aún estén ahí, riéndose por todo, con las mejillas encendidas, felices de haber sembrado esta ciudad de besos y certezas.

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