Hace días (tal vez años) que me fijo en ese gesto de los hombres de cierta edad de caminar con las manos cogidas en la espalda. No es la primera vez que fotografío esa imagen, intuyo que no será la última. Como tampoco será el último hombre solo que me cruce en el camino preguntándome si alguno de ellos tiene una cómplice que le espera pacientemente (en todos los sentidos) con sonrisa lobuna, sabedora en su interior que sus pasos perdidos y sus manos estrechadas en la espalda tienen un sentido ilógico y secreto que sólo ellos entienden.

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