Cada vez que aquella fuente se maquillaba tenía la sensación de ir pintarrajeada, pero cada noche volvía a hacerlo clandestinamente. Tal vez era por una falta de formación al respecto, porque no es de esas integristas que afirman que la mujer más bella es la que no usa maquillaje. Desde su posición había aprendido que la belleza es tan subjetiva (y accidental) que redefine a patitos feos y cisnes al gusto del espectador. Lo que para uno es grotesco para otro es sublime y viceversa. ¿Que tenia que envidiarle ella a la fontana di Trevi? ¿La compañía, la monumentalidad, las monedas? Vale, ella con su rasgos y expresión de estar soplando no impresiona a los demás, ni tiene una sonrisa perfecta, por no tener no tiene ni cuerpo… pero cuando se pone el maquillaje está reclamando su cuota de visibilidad: soy, estoy, siento.

La historia de una fuente con carmín, colorete y un pequeño corazoncito de mujer de piedra

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