Nærhet.

Cuando era niño nunca entendió porqué habían escrito en la lápida de su madre esa palabra que, en Noruego, significa cercanía física. Si lo preguntaba (o si quería saber porqué estaba enterrada a mil kilómetros de casa) se limitaban a decirle que eso es lo que ella había querido.

No fue hasta la muerte de su padre que supo muchas cosas. Entre ellas, que había heredado una casa cerca de Stavanger, a escasos kilómetros del cementerio donde yacía su madre desde hacía décadas. Según le dijo el notario, había sido de sus abuelos maternos y el primer hogar de sus padres al casarse. Nunca la habían vendido, desde hacía años una mujer se había hecho cargo de cuidar aquella propiedad. Lo que no sabía aún era que conocer a la señora Brekke cambiaría su vida.

Se encontraron en el cementerio, Ella le recibió con un abrazo cercano y familiar. Dejaron un ramo de flores en la tumba de su madre y fueron al que, aunque él no tenía ni idea, había sido su primer hogar.  Mientras paseaban por la casa, que parecía un museo dedicado a su madre, le contó cosas que él no recordaba de su infancia en aquel lugar.

Al llegar a uno de los dormitorios, la anciana abrió el cajón de una cómoda y sacó algo de él.
“Esto es para ti, llevo años guardándolo. Debes saber que tu madre te quiso sobre todas las cosas. No la juzgues, por favor.” -le dijo con lágrimas en los ojos al entregarle un viejo cuaderno.

Leyendo el Diario de su madre supo era de esas personas que saben reír a carcajadas, abrazar y hacer el amor apasionadamente. De las que recorren con los dedos las facciones de su amor mientras están en la cama. Y que tenía la creencia que las manos poseen una memoria táctil donde quedan registradas sensaciones. Quizás por eso uno de sus pocos recuerdos de infancia era ver a su madre contemplando y acariciando fotografías: con nostalgia las de su juventud y siempre con orgullo en las que aparecía él.

A medida que leía iba reencontrándose y descubriendo a aquella mujer apasionada a través de su caligrafía y sus secretos. A través de aquel diario fue testigo de cómo aquellas noches se entregaban al sueño en perfecta sincronía mientras se fundían en abrazos. Vio cómo sus manos se buscaban para recorrerse sin rumbo y sin prisa. Y compartió la pasión de su madre aquel verano, cuando él tenía dos años, en lo que seguramente era su momento de mayor felicidad.

“No quiero vivir sin sentir lo que siento cuando estamos juntas. Nuestra Nærhet”.

Con esas palabras finalizaba el cuaderno. Bajó de la habitación. La señora Brekke le esperaba de pie con la mirada perdida y ese gesto sereno de quien atesora una sabiduría paciente y generosa.

– ¿Sabes?- le dijo- recuerdo que siempre le decía “joder qué guapa eres”. A todas horas. Y es que lo era, no importaba si estaba con ojeras,despeinada, recién salida de la ducha, de la cama, bajo el sol o en la oscuridad de las noches del invierno ártico… para mí no había nada más precioso.

Supongo que era cuestión de tiempo. No era tonto. Descubrió los diarios. Tu madre me dejó éste con una carta de despedida. Os ibais al Norte, era lo mejor para ti. No quiso que perdieras tu entorno estable, tu familia. Tú lo primero. Incluso antes que ella misma. Y por supuesto que nosotras.

Tiempo después recibí una llamada de tu padre desde vuestra nueva ciudad: quería verme urgentemente. Llegué al hospital de madrugada después de conducir durante horas. Él me esperaba en la puerta.. Hablamos poco, Ella deseaba pasar los últimos días en el sur, donde tan feliz había sido. “Nærhet”, me dijo. Tampoco debió ser fácil para él, añadió acariciando un retrato en blanco y negro de su madre que él jamás había visto.

– “Fue la última semana”, -dijo la señora Brekket, acercándole la foto- “Seguía siendo el ser humano más bonito del mundo. Tú acababas de irte con tu padre a la guardería y Ella os había despedido sentada en el porche. Tenía los ojos cerrados, probablemente por el dolor y el frío. Quién sabe, aquellos días apenas hablaba. La vi desde la cocina y quise hacerle una foto allí, tranquila, con aquella luz. Pero cuando salí, abrió los ojos y me descubrió allí de pie, junto a ella, con la cámara en la mano.

Nos miramos fijamente, de una manera extraña, como si de pronto ya lo supiéramos todo. No sé si el click fue el de la cámara o el de mi corazón al romperse, no era consciente de estar disparando.  Entonces, tu madre me sonrió y pude escuchar cómo con un hilo de voz susurraba convencida:
– “Joder, qué guapa eres”.

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