Ahí estás. Nos separan apenas unos metros. Aunque probablemente en realidad estás lejos, en tu propio universo de memoria desdibujada y no en las calles de esta ciudad. Hace un semáforo me he topado con tu mirada infantil aún luminosa pese al glaucoma y tus párpados hundidos bajo unas cejas despeinadas.

Me has mirado pero me he sentido transparente porque parecías no verme. Ahora observo fascinada tus manos de titán, tus uñas largas y tus venas marcándose bajo la piel pecosa. Ese gesto de manos cruzadas en la espalda que he visto repetido en cientos de ancianos a lo largo de mi vida. Titubeas un segundo. ¿Sientes miedo y desorientación? ¿Qué o a quién buscas? ¿Cuál es tu destino? ¿Vuelves a disfrutar la sensación de libertad de tu juventud, mucho antes de emigrar, de luchar en una guerra absurda en la que saliste derrotado, de perder dos hijos y a tu mujer? ¿De qué escapas? ¿Acaso en un momento de lucidez quieres desaparecer y no ser una carga para los tuyos? ¿Te pesa, como a mí, la vida? ¿Estás cansando? ¿Te duele algo? ¿Habrás comido? ¿Hay alguien buscándote, echándote de menos en casa, pensando en la medicación que no has tomado hoy? ¿Veré tu imagen en las redes sociales junto a un texto que diga “Perdido”? ¿O todo es mucho más mundano y menos poético, sin el tamiz de la ternura que siento al proyectar en ti la imagen de mi abuelo durante aquellas horas de 1987?

Reemprendes tu camino justo cuando hago click, como si hubieses estado esperando a que disparase. E intento memorizar tu respiración, pareces estar bien, tranquilo. Guardaré esa foto por si dentro de 30 años me topo con la nostalgia de tu nieta enviando un mensaje a través de quién sabe qué formato. Tal vez verá tu imagen y te reconozca, como haría yo con Él incluso estando de espaldas. Y podré decirle: sí, aquella mañana mi historia y la de tu abuelo se cruzaron durante un breve trayecto. Estaba tranquilo, disfrutaba del sol, parecía feliz. Ojalá alguien me pudiese regalar eso y decirme que esas horas de su vida fueron serenas como deseo imaginarlas: ajenas al frío, al hambre, a la tristeza y al desamparo

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