Los viernes son días para soñar, para saltar, para arriesgarse y pedir un deseo. Tal vez sea modesto, desdibujado, de los que celebran que la pereza punk es sólo momentánea y que se puede acometer el enésimo viaje parisino; con la suavidad y determinación del vuelo de un búho que va a encontrar una piel cómplice en la que quedarse sin fecha de salida. El viernes se puede y se debe perpetrar la locura de bailar en la cola del supermercado por la llegada de buenas noticias. También es momento de recordar la certeza que pronto volverás a ver ese atardecer mediterráneo del lugar al que perteneces y que no es Lombardia. Los viernes, la sonrisa del explorador de tesoros Bizantinos se ensancha con esa certeza que va más allá del tiempo y el espacio cuando te has enamorado. Un viernes Toni Yu irá sacudiendo sus caderas por Pigneto un atardecer romano bajo la mirada de sus generosos padres a los que añoro. También se respira la energía que da la ilusión de triunfar sobre un escenario de barrio donde un día una israelí veinteañera desembarcó en la ciudad cargada de sueños y hoy exponer era un reto. Es la emoción vertiginosa de quien va a firmar en una inmobiliaria el inicio de algo más que un alquiler… Saltos sobre lo cotidiano. El primer paso hacia un mañana lleno de nuevos desafíos en los que, por un instante, buscar el tuyo propio aunque sientas que se ha desgastado. Sopla fuerte… Y pide el tuyo.

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