Él siempre temió morir ahogado. Durante años su peor pesadilla recurrente fue esa: sentir cómo el agua se colaba por sus fosas nasales y llegaba a sus pulmones liquidándole. Su mujer asistió toda la vida a esa fobia suya y toleraba pacientemente las manías colaterales que comportaba. Jamás quiso ver el mar (“ni en pintura”), huía de los ríos (“el agua pa los peces”) y como mucho se prestaba a duchas rápidas.

“Soy un hombre de secano, Marí”- solía ser su explicación cuando salía el tema.

Ella tenía su propio terror visceral: perder las cosas.  Huérfana de la guerra arrastraba  ese sordo y constante vacío que provoca no saber en qué cuneta anónima se pudren los huesos de tus padres. Cuando perdía algo podía estar horas buscándolo: ya fuesen unas llaves, un papel, incluso era la única persona en Europa capaz de localizar los calcetines extraviados en la colada. Aquella mañana era la primera en que, tras quedarse viuda, se atrevió a ir al mercado. Llovía. Abrió el monedero para sacar la tarjeta de autobús mientras el viento doblaba el paraguas y le hacía perder el equilibrio. Fue en ese momento en que Paco, su Paco, materializado en la primera foto de cuando eran novios se deslizó en silencio. No le dio tiempo a despedirse de la estampa de la Virgen del Carmen a la que había estado acompañando casi 45 años en diferentes carteras y portamonedas.

No hubo un adiós conciliador tampoco para su mujer. Quiso así el destino que la pesadilla de un hombre de secano se hiciera realidad… Y que nadie entendiese qué se escondía en las lágrimas de una anciana ojerosa en el autobús, meciendo un monedero tembloroso entre las manos.

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