Cuesta, sí. Hay días en que se hace cuesta arriba ser positiva. En que las explosiones carmesí te evocan a otras épocas en las que el sufrimiento se agolpaba en la garganta. No me quiero ir, aún no. Quiero permanecer aún aquí, ver crecer a mi gente y mis afectos, seguir soñando, pensando, quemándome las alas acercándome a soles que no podrán con ellas. Quiero tener un futuro, en la soledad del panel de control y en la compañía de quien me busque. Sentir miedo y saberme viva. Aquí estoy y quiero seguir estando. Dentro, sumergidas en mi sangre, se evaden las palabras. Permanecen todas, quizás son mías, el resto del mundo es silencio. Existe la distancia en el tiempo y el espacio, pero las palabras no se rinden ni a sombras ni a silencios. A eso los Dédalos de algunas tribus les llaman “permanencia”. Permanezcamos, pues, en la curva de ese mito y en la imagen de esa mujer cuyos pasos firmes nunca van a borrarse. Pase lo que pase. Siempre.

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