Te voy a contar una historia. Aunque hace casi dos años que no hay un cigarrillo humeante en mis labios mientras las escribo, siguen pirrándome las historias en Blanco y Negro. En esta no aparece un Bueno atormentado con una dramática cicatriz. Tampoco hay malos con gabardina y sombrero y la única candidata a mujer fatal tiene más de soñadora que de vampiresa.

Es de esas historias que a veces llegan (como las visitas incómodas) mientras tecleas un mensaje, haces cola en el super, sueñas o cagas.

A la protagonista le invitan a abrir una puerta tras la que en su día sintió que había un misterioso tesoro. Y le parece buena idea abrirla. Allí la tenemos, de pie, temblando sola. Donde una vez hubo luz, esperanza y risas ya sólo hay un oscuro polvo y tanto abandono que apenas es capaz de ver sus huellas.

Porque en otra vida bailó desnuda allí.
También entonces temblaba sin hacer ruido.

Me gustaría que pudieses leer este relato y que lo oxigenes. Estaría bien que lo hicieras mientras me esperas en esa cafetería donde nos besamos (me besaste) por primera vez. Quien sabe si me estás leyendo en uno de esos sillones orejeros que aún abrazan con la verdad de nuestros mayores. O en ese tren que proyecta en su ventanilla los paisajes que ignoras porque te has zambullido en mis palabras mientras te mece su traqueteo.

¿Te he dicho alguna vez que cuando me lees, mis Historias (el mundo entero) deja de ser sombrío?.

Quizás es porque acompañas tu lectura con esa sonrisa luminosa y segura con la que me dices que no tema, que estoy llena de amor, fantasmas, palabras, fuerza, orgasmos, puñetas, luces, nostalgia, pájaros, silencios, besos, carcajadas y sueños.

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