-“Quiero llevarte a un sitio.”

En realidad, pienso mientras seguimos caminando, quiero llevarte a muchos sitios. A todos los países que seamos capaces de imaginar, los que existen en los Atlas y a esos otros cuya geografía de besos y caricias llevamos tiempo cartografiando Tú y yo.

Geografía e Historias que me encanta recrear pegada a ti. Recordar todos los pasos que tuvimos que dar hasta conocernos. Me gusta esa tendencia nuestra a recrearnos en cómo empezó todo: lo rocambolesco de nuestro primer encuentro, la complicidad inmediata y lo natural que fue besarnos en la puerta del hotel. He perdido la cuenta de los besos que han venido desde entonces, como también de las miles de llamadas, mensajes y fotos con las que combatimos esperas y distancias. Poder abrazarte cuando lo necesitas, sentir tu respiración cuando te pegas a mí y acariciarte el pelo sin prisa. Poder enseñarnos todas esas cosas de las que nos hablamos durante el día a día, incluyendo las cicatrices. Ver tu sonrisa al pedirme que me abrigue si hace frío o al preguntarme si no tengo calor cuando crees que voy demasiado abrigada. Yo y mi termostato corporal estropeado que uso como excusa para acercarme a ti y respirar tu aroma mientras pienso que quiero que vueles, que rías, que cuentes conmigo. Llorar contigo cuando toque, sostenerte, acompañarte en las ganas, el aliento y la calma.

-“Quiero llevarte a un sitio.” -repito.

Y también quiero tormentas contigo. Y viajes. Supermercados. Vuelos. Música. Sexo. Películas malas de esas que hacen buenas las mantas. Luciérnagas como las de mi infancia. Tarifa plana de mimos a cascoporro. Y que me cuides como haces, oliendo a recién hecho. Porque Tú eres casa.

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