Ciclista temerario que circula fuera de su carril. Ahí pasa frente a mi durante una pausa en el trabajo. Desde el balcón siempre juego a imaginar las historias de las personas que veo. A veces, sólo a veces, les capturo haciendo una foto y los guardo en mi colección de historias que nunca escribiré. Y entonces sucede algo raro: les deshumanizo y los convierto en personajes de un teatro de guiñol donde puedo crear y destruir a mi antojo. Intento siempre ser benévola, conducirles con respeto a lo largo de mis fantasías. Cuando estoy triste les doy esperanza. Cuando siento ilusión les hago vivir situaciones cómicas. Cuando se me hace un nudo en el estómago procuro sentir en mí los pequeños milagros invisibles que ni ellos ven y tal vez no les haga falta saber.

Es el poder de quien crea, darle a esa pedalada un rumbo hacia encuentros o soledades, hacia el pasado o el mañana. Y le cargo con mis fantasmas y mis heridas y no se queja. Porque son marionetas cuyo aliento les da vida mi imaginación. Deshumanizo y les quiero humanizar luego. Y ahí va, sin saberlo, cargando mis fantasmas, mis tonterías, mis ilusiones, mis risas, mi forma de ver y sentir lo que me rodea. Hay quien se fijará en la sombra y quien en la luz. En el entorno o en el sujeto. En el encuadre y en sí el zoom ha pixelado la foto. La riqueza y el vértigo que produce la mirada poliédrica sobre lo que tenemos delante, lo que sentimos, lo que esperamos o necesitamos.

¿Quién puede decir hasta dónde proyectamos en lo que vemos y en las relaciones que tenemos el deseo de una realidad o la realidad en sí misma?¿Son los otros como creemos o queremos que sean o como realmente son? ¿Qué hace que una persona brille para unos y para otros sea gris? ¿Nuestra capacidad y sensibilidad para descubrir en el otro sus cualidades o la necesidad de ver en ellos lo que necesitamos encontrar?

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