Observo la danza hipnótica del fuego mientras pienso que, en un mundo paralelo, tú y yo hemos salido como cada verbena a ver las hogueras y quemar lo malo del año que acaba.

En esa otra realidad luminosa eres Tú (y no un niño desconocido) a quien acabo de hacer una foto frente a las llamas. Y eres Tú también quien me escuchas (con cierta resignación porque ya chocheo un poco) explicarte una vez más la misma historia de cada noche del 23 de Junio. Esa en la que te cuento que te llamas así porque soy nieta, hija y hermana de hombres extraordinarios que se llaman Juan. Y quería que unieras tu celebración a la de ellos, que han sido, son y serán punto firme en mi vida.

Ejemplo, refugio, fortaleza. Luz.

En ese universo imposible nunca he prendido fuego a las cartas que, durante años, te fui escribiendo mientras esperaba el momento en que sería tu madre. No vi arder, palabra a palabra, esas historias que has podido leer. Además he podido explicarte (casi todas) las cosas que sé y he vivido. Te he visto conjurar con tus dedos auroras boreales y evocar los paisajes de los que te hablamos y que están tan lejos como tu imaginación sea capaz de situarlos.

En esa otra vida Tú no eres mi eterna ausencia sino que has sido por quien he inventado cuentos y caricias. Te he podido arropar con mi sentido del humor y he podido enseñarte a capturar la luz (con y especialmente sin cámara) antes que la ceguera se haya cebado del todo con mis ojos. Eres el Heredero de los afectos de mi tribu, mi tío te ha llamado durante años “el Yuán” (o Juanito dependiendo del día) y Fina te ha inspirado con su danza única y luminosa.

Pero no, Joan. No tengo la suerte de vivir esa ucronía, sino que la realidad es la de un solsticio en el que me duelen las bajas en nuestras filas de estos últimos meses.

Ha sido un año terrible. Al fuego lo malo. Bienvenido sea lo bueno.

[A mi yayo Juan. A mi padre y a mi hermano. Al Joan petit que nunca podré -y siempre querré- tener. Y a mi Tete y Fina, os echo de menos.]

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