Recuerdo sus besos de despedida cuando se iba a la peluquería y me dejaba en casa con Él. Pórtate bien, mi vida, vengo en un rato. Inmediatamente me convertía en un ser invisible, jugando sin hacer ruido mientras mi padre escuchaba la radio o leía el periódico. Vivíamos esas horas de su ausencia ajenos a que probablemente aquellos eran los únicos momentos de la semana que realmente le pertenecían. Allí, entre revistas del corazón, seguramente era de nuevo Ella: no la madre, esposa, hija, nuera, ama de casa… Sólo Ella.

Cuando caía una tormenta imprevista mamá llamaba desde la Peluquería. ¿Me venís a buscar con un paraguas? No quiero que se me estropee la permanente. Entonces Papá y yo salíamos de casa mientras él mascullaba algo sobre lo poco que cuesta llevar un paraguas. No he vuelto a ver nada tan precioso como a mi madre cuando salía de la peluquería y nos veía esperándola con su paraguas.

Eso fue antes de la fiebre y los dolores de cabeza. Antes de que no le hiciera falta ir a la peluquería. Antes de que yo aprendiese que mama significaba (además de madre) una cosa mala de la que todos hablaban en susurros a mis espaldas. Antes de que tuviese tiempo de aprender a escribir su nombre o a leerlo escrito en piedra.
Nada volvió a ser lo mismo. Seguí siendo invisible para mi padre. Y Él se fue desdibujando sin darse cuenta que faltaba aquella magia silenciosa que convertía en épico lo cotidiano. Con los años mi familia fueron los chicos del barrio, la música y los libros. Sin más futuro que el inmediato, sin más cobijo donde refugiarme en los días de lluvía que esperar con el paraguas el milagro de verla salir radiante de la peluquería. Y caminar hacia casa, muy juntos, mientras me mira y al hacerlo me hace ser mucho más que una sombra a contraluz.

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