Esta semana me ha gustado especialmente. No sabría cuantificar cuánto en litros, ni en kilómetros, ni en ninguna otra medida del sistema métrico decimal. Me ha gustado tanto que afortunadamente no debo ponerle una etiqueta.

Quién sabe, tal vez porque he volado por primera vez en 2018. Porque he vuelto a recordar lo que significa besar cerrando los ojos y lo emocionante que es reconocerte al abrirlos. He cumplido algunos sueños y he sido feliz durante esas horas que , a tu lado, siguen pasando demasiado rápidas. De todo eso te declaro culpable.

Te he querido pedir cada seis horas que te cases conmigo pero sólo te lo he dicho todos los miércoles de esta semana.Hemos reído, en realidad nunca hemos dejado de hacerlo desde que nos conocemos. Y me has recordado que no es malo llorar con quien debes consolar, que tu tristeza es la mía y que cuando cantas a Manzanita me dan ganas de enviarte ramitos de violetas, llenarte de besos y llevarte al huerto. No necesariamente en ese orden.

He seguido soñando contigo, aunque algunas veces estando tan despierta que no podía dejar de acariciarte. He seguido pensando en ti en todos los cielos, sean del color que sean y sin importar a qué hora los fotografíe.

Y sobre todo  te he contemplado con esa expresión de quien, a estas alturas de la vida, no esperaba encontrar el océano en pleno desierto.

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