¿Te acuerdas cuando queríamos ser mayores? ¿Cuando el único riesgo de saltarse una obligación (ir a clase) era que se enterasen tus padres? Tus padres, que eran eso y no una pareja con sus montañas rusas, sus dudas, sus esqueletos en el armario.

Sí, tal vez recuerdas aún cuando queríamos ser mayores: votar, conducir, tener más tetas (o afeitarse), entrar a sitios a los que luego no hemos ido cuando podíamos, romper esas reglas que nos imponían…y que ahora la rutina nos las hace tragar peores y sin agua.. Queríamos ser mayores y todo nos parecía difícil sumergidos en el océano de las hormonas. Cuando el interrail por Europa era una promesa abierta, verde de esperanzas y casi tan virgen como nuestros cuerpos.

¿Recuerdas aquel primer amor de esa cifra x que acumulan tus registros de bateos cardíacos? ¿El correspondido y el imposible que aún no ha cauterizado pese a que esa persona es un obeso calvo muy lejos del chico que te hacia sonrojar? ¿Cuando estudiar la noche antes era deporte olímpico y tu plusmarquista local? ¿Cuando veías como viejos a tus profesores de entonces que eran más jóvenes de lo que tú eres ahora?

¿A cuántas mujeres tus “señora me puede pasar la pelota” les abrió el abismo del paso del tiempo y la angustia de haber dejado de florecer? ¿Recuerdas aquella patria que conformaban tu familia, tus amigos, tu barrio y cuyo pasaporte conservas? ¿La banda sonora de tu infancia y adolescencia, las influencias de tus hermanos? ¿El eterno quedar para hacer trabajos en grupo? ¿No te hubiese gustado que alguien congelase aquellas despedidas al salir de clase y recuperarlas años después en una foto robada? Para recrearte en la nostalgia o para prenderle fuego. ¿Y quien te dice que alguien no lo hizo y tu sombra no acumula polvo en una carpeta de negativos de un fotógrafo compulsivo cuyo legado acabó en el Mercado de las Glòries?

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