Esperábamos el autobús para ir a nuestros respectivos trabajos. Ella escribía un mensaje de whatsapp y prácticamente me ignoraba. Cuando terminó de teclear levantó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor inhalando aire con fuerza. Conozco bien a mi hermana: treinta y nueve años de experiencia me avalan como experta en la materia. Siempre hace ese gesto hiperventilándose cuando (según su propia expresión) “se le hincha el corazón” porque ve algo hermoso. Frente a nosotras, el rebote de un rayo de sol sobre una cristalera provocaba un haz de luz que iluminaba medio rostro de una mujer que sostenía un libro abierto.
– “¿Te has fijado? ¡sonríe mientras lee! Me gusta ver que aún hay gente que sonríe en analógico, sin un móvil de por medio.”

Ésa es mi hermana: creadora de expresiones extravagantes, tesorera de emociones sutiles e inflamaciones cardíacas de las que no aparecen en los tratados de medicina.

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