Querida Mapatxita sureña,

Siento no haberte escrito estas semanas, hasta ahora que ha bajado el volumen de cruceristas no he tenido demasiado tiempo libre. (¿Cuela como excusa razonable?). Me ha sonrojado que en tus fotos llames a este país “la Noruega de Arvid Dahl”. Como si mi nombre o el personaje en el que me has convertido tuviera importancia alguna.

Ver tus fotos me ha hecho pensar en nuestra charla nocturna en el Faro de Rogaland. En cómo temblabas de frío preparando la cámara y fantaseabas con ver auroras boreales mientras charlábamos sobre porqué inventamos historias: tú escribiendo fotos y yo fabulando relatos para mis turistas.

-”Arvid” -me dijiste tiritando-”no sé si me sabré explicar pero cuando escribo procuro arropar con mis historias a esas personas que las leen en plena noche, iluminando un poco y durante unos segundos sus existencias, o al menos, lo intento.”
-”Pretencioso” -te dije y me arrepentí en seguida al ver tu expresión triste.

Discutimos sobre dónde queda aparcado el ego y la vanidad en estos casos. Me hablaste de tu novela aparcada, de los años que has tardado en cuidar de tu autoestima. De lo duro que ha sido este año. De la salud, tuya y de los tuyos. Te abracé y por un instante no me sentí el viejo que soy.

Te susurré que nos parecemos más de lo que crees y esperé tu respuesta para saber si podía besarte. Me miraste y sonreíste mientras decías que si sigues engordando y no te depilas el bigote rubio sí que te avikingarás como yo. Reí. Porque me gusta cuando te inventas palabras como avinkingarse. Y sé que sabes cuánto me alivió tu sutil manera de volver a poner las cosas en su sitio.

Estuvimos un rato en silencio contemplando el firmamento hasta que llegó Olaf y rompió la magia preguntándote si pensabas en alguien en especial. Asentiste.

Y supe que se había esfumado el momento para preguntarte si tú también buscas incesantemente Luz cuando la tienes tan cerca. Si necesitas arroparte con la calidez que entregas. Si también sientes que hace demasiado tiempo que viajas por las carreteras secundarias de tu alma sin un minuto para detenerte y decirte a ti misma: “estoy orgullosa de ti”, “te quiero”, “te protejo de pies a pestañas”, “me gusta que siempre estés” , “eres, sobre todas las cosas, Luz”.

Espero que sepas perdonar que no te dijera nada de eso y sólo te llamase pretenciosa.
Pero yo sé que tú sabes. Del mismo modo que yo también sé.
Y con eso, de momento, basta.
Te abraza fuerte,
Tu Arvid Dahl.

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