Hacía más de veinte años que no pensaba en el Hombre de la Estación de Plaça Catalunya. Hoy, de pronto, me ha venido su imagen de pie en el andén observando la llegada del metro.

Empecé a fijarme en él por las mañanas cuando iba a la facultad. Siempre estaba allí, elegantemente vestido de negro. Algunos días tenía una expresión concentrada que le daba un aire profesional. Era como si dependiera de él la llegada del tren y la vida de todos los pasajeros, dentro y fuera de los vagones. En otras ocasiones parecía abatido, con esa expresión de auténtica derrota que muy pocos hombres saben llevar con dignidad. Tenía la sensación que Él era invisible a los demás, como si formase parte del mobiliario urbano de la estación. Allí estaba plantado, sin molestar, de pie en un extremo del andén, observando el túnel. Testigo de la llegada del metro, uno tras otro, sin subirse a ninguno.

Hoy me ha estremecido recordar la última vez que le vi. Nunca se lo he contado a nadie. Cuando era joven porque no quería que pensaran que estaba loca; luego porque su recuerdo se ha desvanecido en mi memoria hasta hoy.
Era invierno, yo llegaba tarde y estaba perdiendo aquel tren.

Allí estaba, aunque esta vez para mi sorpresa estaba subido al Metro. De pie en el vagón, frente a la puerta que se cerraba ante mi, me observaba fijamente. Y pude escuchar dentro de mi cabeza su voz hablándome con una profunda resignación: me mantengo vivo por pura educación. Bebo, como, camino por el andén. Los demás picáis el anzuelo, pero yo sé en mi interior que estáis equivocados: hace ya mucho que estoy muerto.

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