Están a nuestro alrededor, por todas partes, bajo las apariencias más diversas.

A la salida de la oficina de desempleo tras sellar su última prestación antes de pasar al limbo de la nada. Cargando en la mochila los apuntes de una carrera universitaria que les conducirá hacia el exilio. En la artritis de la anciana sosteniendo su libreta de ahorros y cuya pensión alarga el mes de su familia como una goma elástica. Es el saltito nervioso de la niña que va al colegio y que esta noche no ha mojado el colchón.

En la mano que sostiene otra. En la que dispara una foto y siente que se le hincha el corazón. En la que teclea un mensaje que arranca una sonrisa. En quien se acaricia una cicatriz cerrada que creía que no supuraría jamás. Es la adolescente que se enfrenta a la crueldad de los demás por ser diferente. El heroísmo del paseo hasta el estanco del agorafóbico. El temblor del que ha decidido que hoy no bebe y hace la fotosíntesis en la soledad de un banco de su barrio marginal. Es la vecina del quinto y su mirada de joven viuda con dos hijos saliendo a la calle porque es lo que toca.

Me pregunto si somos conscientes de que nos cruzamos en cada momento con ellos: invisibles, historias que nunca escribiré, anónimos que esperan cruzar una calle hacia un destino que ignoro y que me recuerda que el mundo está lleno de superhéroes cotidianos…

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