Me gusta el barrio gótico a estas horas: parece un laberinto de callejuelas casi desiertas, especialmente un martes de invierno. Con la escasa luz de las viejas farolas de hierro forjado no es fácil sortear las bolsas de basura que se acumulan en los portales. La brigada de limpieza del ayuntamiento aún no ha pasado y por el olor parece que hace días que no lo hace. No me importa demasiado.
Acabamos de salir de cenar del pequeño restaurante italiano para snobs que te han recomendado en el trabajo y nos dirigimos a casa paseando en silencio. No tenemos ya nada más que decirnos y me produce cierto alivio que aparezca en el callejón otra pareja discutiendo para romper esa sensación incómoda que provoca nuestra falta de comunicación.
◦Vaya par – comentas mientras les observas adelantarnos entre gritos e insultos.
No digo nada. Me incomoda el tono a juicio rápido que detecto en tu voz. La etiqueta inmediata que tanta seguridad te da en todo. Tú eres así. A estas alturas ya no cambiarás. Yo en cambio me he encerrado en mi mundo, tal vez se me ha subido el Chianti de la cena. Les observo fascinada, imagino su historia, fantaseo, les pongo nombres; ella tiene cara de Palmira y él de Roberto. Caminan juntos pero separados, tan cerca y tan lejos. A una distancia de mi mirada en la que son apenas una sombra.

Como así tal vez sea su propia relación para ellos, pienso para mis adentros con metáforas que saben a vino toscano.Te observo a mi lado. Quien eres tú para juzgarles, me digo y te digo sin pronunciar palabra. Saco el móvil y hago click por inercia. Te oigo refunfuñar y decir algo sobre mi manía de hacer fotos de todo y que un día me meteré en problemas. Me da igual lo que digas, yo ya les he capturado. Son míos. Serán mis personajes, les cargaré con mis fantasmas y mis manías y no se quejarán. Tal vez les haga tener un final feliz.

No dejo de observar a Roberto y Palmira que se han detenido y se funden en un abrazo, apoyados en un portal. Mientras caminamos hacia ellos les veo comiéndose la boca con ansia, apretadas las ingles, frotándose con voracidad, con una sexualidad rotunda, gimiente y explícita que nos convierte en involuntarios voyeurs nocturnos.
Tan lejos, tan cerca pienso mientras empiezo a editar mentalmente la foto que he hecho antes y pienso a la vez en los códigos entre pareja, en la historia que escribiré y en las que nadie escribirá sobre ti y sobre mí.
– Uf, vaya par.
 Tu voz me hace volver a la realidad justo después de haber pasado junto a ellos. Esta vez detecto envidia y cierta admiración en tu tono. Señal que tal vez hace demasiado que anhelamos tener sexo, sentir deseo o pasión. O al menos sentir todo eso cuando estamos juntos. Pienso en qué nos hemos convertido tú y yo. La pretensión de ser la extraña pareja y la cruda realidad de haber acabado siendo de lo más corriente.
Esta vez en voz alta, confirmo con una sonrisa agridulce:

– Sí, vaya par.

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