Hoy ha empezado la temporada de paraguas en esta ciudad. El Otoño me ha pillado con los ojos enrojecidos y echándote de menos. Qué no daría yo por ponerme muy moñis debajo del paraguas en lugar de observar con envidia como son otros, siempre otros, quienes pueden hacerlo. Encogerme de frío y encontrar refugio en tu contacto. Que me abraces como sólo tú sabes cuando el dolor se hace astillas en mi mirada. Que nos cobije el mismo cielo y lo contemplemos transformarse por las tardes con ese aire de melancolía que tiene el mediterráneo en octubre.

Entornar los párpados y olvidar mis cicatrices porque son tus pasos a mi lado los que hacen crujir las hojas. Reírnos al recordar las botas de agua de nuestra infancia al salir de la escuela. Que seas mi zahorí de charquitos donde hacer fotos y besarte. O viceversa. Volverme cálida, decir que sí. Decirte que sí. Pasear junto al puerto y oírte decir que los piolines se irán y que te gusta cómo la ciudad se refleja en el mar. Que el salitre cura todas las heridas.

Ir a una de esas cafeterías con ventanas sin necesitar usar el teléfono ni decirte que vi llover y no estabas Tú. Que no me de miedo mi sombra cuando camino. Decirte que al fin huele a castañas y oírte hablar con orgullo de mis 296 días sin fumar.
Que seas mi lazarillo acompañándome a casa, que es siempre ese lugar donde estés Tú. Echar una siesta ronroneando a tu lado mientras respiras muy muy cerca de mi cara. Oler el perfume de tu ropa revuelta con la mía sobre la cama, sentir el tacto de tu piel después de haber fracasado en mi intento de desnudarte sin prisa.
Que me riñas cuando me descubras forzando la vista y sea tu voz quien me convierta en una niña a la que le leen un cuento. Dormirme abrazada a ti. Despertar y que ningún colirio del mundo me impida emocionarme viendo cómo la Luz decadente y romántica de estos días inunda mi habitación llenando de matices tu silueta.

Olvidarme del sonido del viento besándome los cristales de casa mientras te escribo. Sentir que la vida se estrena cada vez que apareces.

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