Todos tenemos un lugar mágico al que siempre acudimos para estar a solas. Recuerdo que aquel vino de más me hizo hablarte del mío el día que nos conocimos. Sí, no olvido que fue también cuando te conté que en aquel rincón era donde llevaba años entrenando para ganar el Campeonato del Mundo de Esperar lo Imposible. Tú asentiste divertida y me regalaste una de esas sonrisas luminosas que deberían ser patrimonio inmaterial de la humanidad.

Lo que no te conté entonces es que era allí donde me sentaba al volver del cole cuando me habían hecho sentir un bicho raro. Ni que mis inquietudes adolescentes o mis dudas existenciales habían encontrado en esas escaleras el escenario donde moldear mi personalidad. Tampoco me atreví a decirte que me encantaba sentarme por las tardes porque el sol hacía que le diera la espalda a mis sombras. Y que aún pienso que cuando dejas atrás literalmente tu lado oscuro se puede soñar mejor.

A nadie le hablé de las incontables soledades que tejí allí mientras fabulaba los “qué pasaría si” y los “qué pasará cuando”. Porque aquel era el territorio donde se podía llorar pero también se debía soñar. En esos escalones estaba a salvo de mi miedo a que la felicidad fuese aquello que pasa en la vida de otros. A que sólo llegase a mí como cómplice pero nunca como protagonista.

Aquella tarde al verte llegar me agarré de las rodillas en un gesto que era mitad timidez y mitad protección. Porque nunca me preparé para salir al escenario y bailar con nadie; porque la Luz duele y lo desconocido asusta. Me saludaste con la mano y sonreí como si acabase de aprender y no supiera (ni quisiera) dejar de hacerlo. No había vuelto algo tan intenso desde mi infancia. Aquella sensación inolvidable cuando todo era nuevo, cuando todo estaba por descubrir.

Vértigo. El dulce vértigo de estar al borde del precipicio deseando dar un paso adelante. Aterrada pero ansiosa por intentar volar. A tu lado. El resto de mi vida.

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