– “¡Mi Nikon ve por mí! Cada flash que disparo me resarce una pizca del sol que he perdido”.

La frase pertenece a la deslumbrante novela “Tommaso y el fotógrafo ciego”, de mi admirado Bufalino.

Llevo habitando en la penumbra 219 días. Perdiéndome pizcas de sol, ocultándome de la Luz tras las gafas de sol y una incontable colección de colirios y ungüentos. En raras ocasiones durante estos siete meses y siete días he sacado mi cámara de su mochila. He incumplido la promesa que (me/le) hice en Noruega. En mi descargo debo decir que entonces, feliz entre los fiordos, no imaginaba que me esperaba un recorrido tan largo y doloroso.

Fotografiar cuando apenas distingues los rostros es, además de triste, un reto. Técnico y emocional. Porque sabes que las cosas existen aunque tú no las veas. Que ahí está la belleza y te la estás perdiendo. Necesitas capturarla  tal vez porque es anestésica y necesaria; también porque quieres que tus fotos reflejen más de lo que tú puedes ver. O lo que te estás perdiendo.

Así que te dices a ti misma que el ojo sano y afilado que te falta, lo tiene tu cámara. Y que tal vez don Gesualdo tenía razón cuando escribía que “En este mundo no hay nada que no sea suplencia, prótesis, violación: cabellos teñidos, dientes postizos, palabras falsas. Sólo ésta no miente -concluye blandiendo triunfalmente la Nikon negra-.”

Hoy le doy las gracias a mi cámara por esta foto que nace de (y desde) la oscuridad.
Y por recordarme que sin tinieblas no puede haber fotografía.
Ya llega el momento de salir de la oscuridad y es preciso, aunque duela, encarar la Luz.

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