Ni Batman ni Spiderman: nuestro primer superhéroe no llevaba capa.

Algunos tenían un mono azul sucio que contrastaba con su mirada limpia de hombre honesto. Son los que (aunque entonces no entendíamos porqué) eran capaces de llorar viendo La casa de la pradera. De maldecir cuando, escuchando carrusel deportivo, su delantero favorito fallaba un penalti. También los que creían intuir (no siempre con acierto, dicho sea de paso) que flaqueban tus fuerzas y te susurraban que ante la adversidad hay que crecerse.

Héroes generosos capaces de sacrificar sus pulsiones, de readecuar el ritmo de sus vidas a uno que confiaban que hiciera que tu velocidad de crucero fuese la mejor. Superhéroes de manos encallecidas en la fábrica o en el muelle; superhéroes con miopía de oficina, superhéroes de la carretera, superhéroes entre libros, en el campo, en la mar.

Fueron los que se perdieron parte de tu infancia e intentan no faltar ahora a la de tus hijos. Son superhéroes también los que un día se fueron pero nos enseñaron que siempre estarán.

Aquellos que se hacían los distraídos mientras te dejaban jugar en los charcos pero sin que el lodo te dejase marcas que ni mamá pudiera solucionar. Titanes que sabían del placer de sentir la libertad de la lluvia en tu rostro pero que tenían un paraguas cerca para cubrirte si la tormenta arreciaba. Los que desde ese momento han anhelado poder tener con qué protegerte si lo necesitabas.

Mi superhéroe puede parecer tosco y es poco diplomático a veces. Pero sé que aún sigue siendo un orfebre de los abrazos de algodón que hacen juego con sus canas y con mis abismos. Mi hermana y yo fuimos sus princesas y aún somos sus Laura Ingalls del mismo modo que él es y será siempre el hombre más fuerte del mundo.

Los padres son ese oasis de la patria que fue nuestra niñez y a la que siempre podemos regresar para recordar que somos lo más importante del universo para ellos. Más que su propia vida.

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